Todos los relojes mecánicos antiguos nos cuentan más de una historia: quién los fabricó, quién los llevó, quién los compró, quién los reparó y cuándo le dieron cuerda por última vez…
El propietario de este Certina cuenta que el reloj fue un regalo de boda de su abuela a su abuelo, fechado entre 1940 y 1950. Al tratarse del regalo de boda de una familia modesta, no había dinero para costear un reloj de oro macizo, por lo que se regalaba uno con caja de latón y baño de oro. A pesar de no pertenecer a la gama más alta, un reloj mecánico como nuestro Certina era un artículo de lujo para una familia humilde. Podía costar una parte importante del sueldo y resultar tan caro como uno de los teléfonos móviles actuales. Las familias recurrían a un «telero», un pequeño comerciante ambulante que iba de puerta en puerta ofreciendo todo tipo de artículos: sábanas, mantas, cacerolas, pijamas, hasta lencería íntima y también relojes. Se podía pagar a plazos, eso sí, con intereses bastante elevados. Así es como se compró este reloj, según me contó el propietario.

El Certina está externamente muy deteriorado y sucio. No tiene marca alguna que identifique el modelo. Tampoco luce el logotipo típico de Certina —las dos «C» entrelazadas, una dentro de otra, pintadas en el dial—, sino un símbolo debajo del nombre que identifico con la grafía de la letra griega delta ∇ o con una V; será la V de vampiro.
La corona y los bordes de la caja de latón están muy gastados, y ya no queda nada del finísimo, pero lustroso, baño de oro original. Milagrosamente, el cristal de plexiglás está bastante bien conservado en comparación con el resto del conjunto, aunque me temo lo peor: que el interior esté tan mal como el exterior y sea muy difícil y costosa la reparación.



Abro la tapa trasera de acero inoxidable del reloj con ayuda de la navaja de relojero; no soy el primero, a juzgar por las marcas y los arañazos de algunos tornillos. Las tapas traseras de acero inoxidable se inventaron para evitar el contacto directo de la piel con el níquel, un metal de aspecto plateado y brillante, más modesto que el oro, que protege el latón, pero se mancha y enverdece en contacto con el sudor de la piel. Además, el niquelado realza las Côtes de Genève o «costillas de Ginebra», ese aspecto rayado de los puentes en el interior del movimiento. Por desgracia, la alergia al níquel es muy frecuente y, a partir de la década de los cuarenta, se popularizaron las tapas de acero inoxidable para evitar este molesto inconveniente. Este último dato coincide con lo que cuenta el propietario acerca de la fecha en la que fue adquirido el reloj.

El interior está muy sucio, pero el movimiento, de la marca suiza Roamer, parece estar en buena forma, aunque no marche, cosa que no me sorprende, pues literalmente parece haber estado «enterrado». Afortunadamente, el volante se mueve con cierta libertad. Es una buena noticia: de momento, hay algo de vida en este cuerpo.
Me resulta extraño que Certina, una marca también suiza que fabricaba sus propios movimientos montara uno de la competencia, lo que me hace sospechar de su autenticidad. Puede que sea un movimiento «adaptado», obra de algún relojero espabilado que acopló el dial Certina y la caja a otro movimiento; sin embargo, en la tapa aparece la inscripción Roamer, así que la caja y el movimiento sí parecen los originales.


Comienzo el desmontaje por los tornillos que sujetan el movimiento a la caja, pero este no cede. Entonces caigo en la cuenta de que el dial es mayor que el movimiento, así que primero habrá que retirarlo. Le doy la vuelta e inserto el filo de un bisturí entre la caja y el bisel, como quien hace una autopsia. El bisel cede lentamente, como la tapa del ataúd de Drácula: está muy pegado a la caja después de tantos años de «enterramiento» y suciedad acumulada.

Quito las tres manecillas —el segundero, el minutero y la horaria—, protegiendo el dial con un pequeño trozo de forro de plástico y ayudándome de unas pequeñas palancas que inserto debajo de los correspondientes piñones, con cuidado de no dañar el dial más de lo que ya está.
Aflojo los tornillos que sujetan el dial al movimiento y lo pongo a buen recaudo de zarpazos indeseables, como los que dejó mi predecesor. La numeración arábiga está muy gastada, pero poco podemos hacer para mejorarla sin arruinar por completo el dial.

Una vez retirado el dial y la tija que da cuerda, presiono ligeramente el movimiento y lo extraigo de la caja. Ya puedo proceder con el despiece.

Primero aflojo el tornillo que sujeta el puente del volante, pues cualquier daño en este componente lo echaría todo al traste. El puente tiene grabadas las conocidas letras A/R (Avant-Retard) y F/S (Fast-Slow), hacia las que apunta la raqueta que regula la frecuencia de vibración de la espiral, el tictac del reloj. Este movimiento no tiene sistema antichoque o Incabloc. Las piedras o rubíes sobre las que gira el volante van directamente embutidas en la placa y en el puente.

El sistema antichoque se inventó en 1933 y fue una gran innovación porque minimizaba el riesgo de rotura de los pivotes en caso de caída o golpe. El propietario me cuenta que su abuelo era particularmente aficionado al Tute. Habrá que examinar bien los pivotes por si están rotos o doblados; no me extrañaría que este movimiento hubiera entregado heroicamente su vida al grito de «¡Arrastro!».
Separo el volante desatornillando el pitón y liberando la espiral de los pines de la raqueta. Al microscopio observo, aliviado, que los pivotes están en un estado razonable, aunque algo gastados por la fricción. Habrá que darles un pulido. Mejor aún: la espiral del volante está en buen estado. ¡Aún hay vida en este cuerpo!


Ahora le llega el turno al tren de engranajes. En este movimiento, el tren de engranajes está fijado por tres puentes «de dedo», aparentemente independientes, cada uno con su rubí y su tornillo. Con este dato y la ayuda de la Inteligencia Artificial, —el Incabloc de nuestro tiempo — , consigo identificar el movimiento. Se trata de un MST-352. La familia MST se empezó a fabricar a mediados o finales de los años treinta en Solothurn (cantón de Soleura, Suiza), en la manufactura de Meyer & STüdeli (MST), propietaria de la marca Roamer.


La peor parte del “enterramiento” se la lleva el mecanismo de remonte, que está muy sucio y parece desgastado. Me empleo a fondo con los palillos y el ródico de relojero, eliminando suciedad más gruesa, como si fuera el doctor Van Helsing con las estacas y el ajo.




El muelle principal, que suministra la energía —«la sangre viva»— al movimiento, ha perdido la elasticidad, está desgastado y no encaja con el árbol del barrilete. Esta puede ser una de las causas de que el reloj no marche. Ahora que he identificado el movimiento, me será más fácil buscar un sustituto.

Y ya tenemos todo el cadáver despojado del sudario, despiezado y listo para darse un buen baño en el spa.

Nos queda por resolver el misterio de qué hace un dial Certina en una caja y un movimiento Roamer: dos marcas competidoras, a priori. Pero eso será otro día.
(Continuará…)

